Si tuviera que elegir un recuerdo, sería éste: Alberto y yo sentados en aquellas bancas de madera, escribiendo la letra de las canciones que nos gustaban en un cuaderno. Además, en el cuaderno pegábamos recortes de las campañas de absolut vodka (hasta la fecha él colecciona las botellas) y, muy de vez en cuando, escribíamos cosas propias. Desde entonces le encanta el mar, y, si me esfuerzo, alguna imagen de un poema sobre sirenas viene a mi mente.
Vinieron los años de secundaria y preparatoria, luego la universidad. Me cuesta pensar en un momento importante de mi vida en que él no haya estado conmigo, y confío en que podrá decir lo mismo. Empezamos jugando juntos y después aprendimos a hacerlo todo así: las primeras fiestas, desveladas estudiando, terribles tragedias, tardes de ocio absoluto y discusiones absurdas y ridículas.
Hoy aquel niño que me regaló algunos ratos de sus recreos no lo es más. Ahora tiene una mujer hermosísima a su lado, de la cual pronto será esposo. Para mí, que lo vi crecer como a mí misma, su amistad es una certeza radiante. Casi tanto como lo es la imagen de lo que vendrá: una mesa llena de vasos de vodka tonic, la parrilla que diseñó a un lado de ella y un par de columpios infantiles felizmente ocupados.


























